Cuentos




CUENTO

N ASILO EN NAVIDAD









Empezaba el invierno en
la ciudad de 
Nueva York, y corría el mes de Diciembre,
habían arreglos navideños en las tiendas,
y pomposos adornos en las ventanas de 
las viviendas. La nieve iba cayendo en 
pequeños copos.


La señora Laura Márquez y su hija Daniela
habían emigrado hacia norteamérica mas
de diez años antes, y habían conseguido
la ansiada residencia después de largo 
tiempo de espera...en ese lapso la hija
se casó con un joven puertorriqueño
llamado Sebastián Vásquez...y muy pronto
se acomodaron en un apartamento con dos 
dormitorios; muy modesto por cierto...
Daniela se llevó a vivir con ella y su 
marido al único ser que la había acompañado
desde siempre: su madre.

Pasó el tiempo y Daniela quedó embarazada.
Y la señora Laura con esa dulce ilusión
que tienen las abuelas, comenzó a tejer
atractivos roponcitos de suave lana, eran
celestes y rosados. En las noches
tranquilas, junto al lamparín de la sala,
la futura abuela se esmeraba con cariño
en tejer diminutos zapatitos de colores
suaves. Su felicidad era el tejido. Hasta
que al fin nació su nietecita, y la 
algarabía y ternura invadió a aquella
pequeña familia.
La señora Laura compartía con su nieta
el único dormitorio que sobraba.
Transcurrieron dos años y medio, y esa
dulce criatura se había convertido en
la razón de vivir de doña Laura.
La llenaba de atenciones, le hacía galletas
horneadas, y siempre para el invierno 
le tejía pequeños guantes y gorros de 
colores vistosos.

Pero de pronto sucedió lo que era de 
esperarse. La joven esposa quedó 
embarazada otra vez;
y al nacer el segundo hijo del matrimonio,
Daniela tuvo gran preocupación, ya que
sabía que en el apartamento en que vivían,
el espacio ya quedaba más reducido.
Mas ellos no disponían de tanta solvencia
económica como para mudarse a un hogar 
más amplio.
Al principio se acomodaron con el bebé 
recién nacido en el dormitorio 
matrimonial, pero pasó el tiempo y ya 
en aquel cuarto no había lugar para una 
cuna. La alcoba de los esposos era muy
estrecha, y tuvieron que tomar una
triste decisión.

Sebastián, el esposo le dijo un día a
Daniela, "No podemos mudarnos, no puedo
pagar un alquiler más alto, es necesario
enviar a tu mamá a una casa de reposo
para pobres." Daniela quedó consternada,
pues sabía que esto podía matar de dolor
a su madre. Pero pocos días después 
decidió hablar con su progenitora. Le dijo
que ya el niño estaba creciendo y que ya 
no entraba en el pequeño moisés donde solía
dormir, que era menester comprar en 
cuotas una cuna grande y ésta solamente
cabía en el otro dormitorio, junto a la 
cama de la hija mayor, y que por tanto
doña Laura debía ser llevada a una casa
de reposo, pues ya no había lugar para
ella en ese apartamento.
La pobre abuela ocultó su rostro
desencajado entre sus manos, y lloró
amargamente. Luego de largo rato aceptó
la decisión de los jóvenes esposos.

Y una mañana lúgubre, la anciana hizo
su valija con sus pocas pertenencias;
algunos ovillos de lana y sus acostumbradas
agujas de tejer; y fue conducida a un 
modesto asilo para inmigrantes, 
subvencionado por el estado.
Allí quedó la pobre señora Laura, con su
corazón hecho trizas al verse separada
de sus seres queridos.

Su hija Daniela con su esposo y los niños
iban a visitarla puntualmente todos los 
fines de semana; los sábados y domingos
estaban allí junto a la abuelita.
En aquel lugar habían ancianos con diferentes
dolencias, algunos con alzheimer, otros 
eran ciegos; y los más desafortunados
estaban en silla de ruedas. Doña Laura
era de las pocas que aún tenían algo de
salud, aparte de una arritmia cardiaca
que la aquejaba hacía tiempo.

Ya habían pasado dos años largos y duros,
desde aquel día en que la abuelita fue
ingresada a aquel lugar. Sebastián, el 
marido de Daniela, le propuso un día a su
mujer, que hicieran un viaje con los niños
hacia Puerto Rico, a la ciudad de San Juan,
donde vivían sus padres y hermanos; porque
él anhelaba pasar siquiera alguna navidad
con los suyos, a los cuales no veía hace
años; además le habían avisado que su
señora mamá estaba gravemente enferma, y 
le urgía verla. Daniela aceptó 
resignadamente por considerar justa esta
petición; no obstante se le clavó una
angustia en el pecho, pensando en su
propia madre, ingresada en aquel asilo.

Sebastián estuvo ahorrando dinero durante
un año secretamente, para darle la sorpresa
del viaje a su esposa y los niños, que
a la sazón ya tenían 4 y 2 años 
respectivamente.
Había llegado Diciembre y el viento ya 
corría helado. El ambiente de la ciudad
de Nueva York, se había llenado de 
colorido, los grandes ventanales de las
tiendas lucían fastuosos árboles navideños,
y las luces parpadeaban en las ventanas
de los hogares.
El asilo donde vivía doña Laura, también
había sido adornado con luces de colores,
y en el patio principal había un gran
pino decorado por las enfermeras...todo
con la ilusión de alegrar un poco los
rostros decaídos de muchos ancianos.

La abuelita de nuestra historia, calculando
que ya se aproximaba la navidad, tres meses
antes había empezado a tejer graciosos
gorros y guantes de colores vivos para
sus amados nietos, y para su hija Daniela
había tejido con amor una bufanda roja, 
adornada de flecos.
Tenía cierta ilusión doña Laura, cuando
se acercaba la navidad. Su hija Daniela
no se había atrevido a confesarle que
en este año, no pasarían el 25 de Diciembre
junto a ella; ¿para qué hacerla pasar un
mal rato a su madre, antes de tiempo?
así que prefirió callar.
El día 22 viajó Sebastián con su esposa
e hijos hacia la ciudad de San Juan. 
En él ardía el deseo e volver a ver a sus
padres después de tantos años.

La señora Laura amaneció tranquila aquel
día 25 de Diciembre. Se veía la nieve
caer por las ventanas.
Ella se había vestido con su mejor bata, 
la estampada con flores lilas; la más nueva, aquella que su amada Daniela le había 
obsequiado hacía poco en su cumpleaños; 
quería sorprender a su hija, y que la viera con esa bata hermosa, de felpa, que había
reservado para estrenarla en esta fecha.

La mañana transcurrió en paz. Las buenas
enfermeras les llevaron galletas crocantes
a los ancianos, y vasos rebosantes de
chocolate caliente.
Llegaron luego a visitarlos varios jóvenes
disfrazados de payasos, haciendo sus
muecas y malabares; también actos de magia
para entretener a los enfermos, a los 
ancianos más tristes.

Y de pronto se instaló el atardecer con 
su frío que calaba hasta los huesos, y la
señora Laura empezó a inquietarse. Se dio
cuenta que las visitas iban llegando a 
muchos ancianos, pero como siempre también
habían algunos viejos olvidados; sin ningún
familiar que los consuele, sin nietos que
les endulcen la vida; y no sospechaba doña
Laura, que ella sería una de las más 
olvidadas aquella tarde. Cayó lento el 
crepúsculo...y alguien por allí encendió
una radio, y las notas de un nostálgico villancico llenaron la estancia.

La abuelita Laura rompió en llanto al notar
que ya las visitas se iban retirando. ¿Y su
hija, y sus amados nietos? no era posible...
¡Ya no llegaban! cuando salió la última
visita, las enfermeras cerraron el alto portón
de la casa de reposo. Se escuchó el chirrido
del cerrojo. Luego un gran silencio mezclado
con algunos gemidos de dolor que provenían de alguna cama; a veces alguna tos persistente
se oía a lo lejos. Luego nada. La pobre
abuelita contemplaba sus tesoros que guardaba
escondidos en su cesta de mimbre, los gorros
y guantes para sus niños, mientras sus
lágrimas resbalaban copiosamente.

A la mañana siguiente todo parecía igual;
los mismos ruidos...y las enfermeras 
descorrieron las cortinas de la gran habitación llena de camas tristes, cubiertas
por cuerpos flacos, mustios; ancianos con
suero en las venas, otros con sonda urinaria,
algunos se quejaban, otros pedían agua.
Solamente la abuelita Laura Márquez, había
amanecido quieta, extrañamente quieta.
Había gran palidez en su rostro rígido;
una enfermera se acercó a tomarle el pulso,
y el corazón de esa madre , ya no latía, 
ya no había vida en esa tierna abuela.

La noche anterior el dolor le rasgó el alma,
y la soledad la mató.

Por eso amigos, ustedes que me leen nunca
abandonen a sus padres en un oscuro asilo.
Vean por ellos hasta el último momento.
Vale la pena el sacrificio, porque una 
conciencia en paz, es el mejor regalo que
nos podemos hacer a nosotros mismos.

INGRID ZETTERBERG

Derechos reservados
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De mi poemario
"Sendero de inspiración"












íctima inocente



Chosica es un pueblo rural en las afueras de Lima. Tiene viñedos y un río que corre bullicioso entre las piedras. El sol alumbra todo el año en esa aldea.
En el invierno limeño, numerosas familias acuden desde la capital, para acampar con sus fiambres y sus manteles en los verdores de Chosica, y almuerzan allí a la sombra de frondosos árboles.

En el pueblo de Chosica también habitan personas muy pobres en barriadas, que son casas formadas con esteras muchas veces, sin protección contra la lluvia, allí moran niños de caritas tristes, los de las voces humildes. Hace poco un hecho muy doloroso en aquel lugar, conmovió muchos corazones.
Una mañana, un pequeño de ocho años que vivía de las limosnas de la gente, y que pasaba las noches arrinconado en el umbral de una iglesia, (desde que muriera su madre hacía un año), se juntó con otro niño de su misma edad y decidieron ir a vender caramelos.

Ambos niños subieron a un ómnibus de pasajeros, cada uno llevaba una bolsita de caramelos de limón. Pero antes de empezar a vender habían acordado
cantar cada uno cualquier canción, para los distraídos oyentes. El amigo cantó un vals criollo que se sabía de memoria, y el pequeño vagabundo de nuestra historia que se llamaba "Pedro", decidió en cambio recitar un poema a su madrecita muerta, y los versos decían así:

Madre,
tú me criaste en tu vientre
desde que yo era pequeño,
como un granito de habichuela.

Madre,
tú regaste con tu llanto
mi frente afiebrada,
en tus noches de desvelo.

Madre,
tú me alimentaste
en la tibieza de tu seno,

y me arrullaste
hasta que el sueño
cerraba mis ojitos.

Madre,
tú me cantabas
canciones de cuna
para calmar mi llanto.

Madre,
y ahora que te has ido
en mi pecho hay un quebranto
y ha quedado solo nuestro nido.

Madre,
ya no sé lo que son tus besos
desde que te fuiste al cielo,
y he quedado solo y abatido
en este suelo.

Madre,
yo voy por las calles solitario
y todavía te espero,
no tardes, llévame contigo,
que todavía te quiero.

El niño acabó esta última estrofa llorando, y todos los pasajeros empezaron a aplaudir al pequeño aprendiz de poeta. Algunas señoras alargaron sus
manos para acariciar la cabeza del niño huérfano. Y muchos empezaron a comprarles sus caramelos de limón. "-¿Cuánto cuesta hijito?-" les preguntaban.
Y los pequeños contestaban: "-A veinte céntimos la unidad.-" Y así los pequeños amiguitos lograron vender esa mañana casi todos los caramelos de limón. Cuando bajaron del ómnibus el amigo le preguntó a Pedrito: "-¿Dónde aprendiste esa poesía?-" y el niño contestó: "-La aprendí en un libro de
lectura en mi colegio.-" "-Pero tú no vas al colegio.-" le replicó el amigo. "-No, ya hace tiempo que no voy, desde que mi mamá se murió.-", contestó Pedro.

"-¿Sabes?-" le dijo el otro niño, y agregó: "-Vamos a comprar un juguete con lo que hemos juntado de la venta de los caramelos.-"
"-Si,-" contestó Pedrito entusiasmado. "-Yo quiero un barco de plástico que he visto en el mercado.-", dijo el niño huérfano. "-Yo también.-" respondió
el amigo. "-Vamos para allá.-" Y llegando al mercado vieron a un vendedor ambulante, que tenía esparcidos en el piso, sobre una tela de tocuyo, varios
juguetes de plástico, y entre ellos sobresalían barquitos de diferentes colores.
"-¡Yo quiero el azul.!-" dijo entusiasmado Pedro. "-Y yo el verde.-" contestó su amigo con la misma alegría.

"-¿Cuánto cuesta?.-" preguntaron los niños al unísono, y el vendedor les dijo: "-A S/.2.00 dos soles cada uno. Los niños contaron todo los céntimos que
traían en sus bolsillos, y vieron con ilusión que aún tenían más de dos soles. Entonces le pagaron al vendedor, que les envolvió en una bolsa sus barcos.
Era el mediodía, y en las cercanías de una polvorienta barriada, corría una ancha acequia de aguas malolientes, mezcladas con barro, y hacia allí se
dirigieron los niños. Su anhelo era hacer flotar sus barcos en esa corriente de agua tumultuosa. En su inocencia, ignorando el peligro, los niños se
inclinaban sobre la acequia y sumergieron sus barcos de plástico sobre las aguas, pero Pedro al ver que la corriente se llevaba rapidamente su preciado juguete, agarró una rama delgada que estaba en el suelo, e inclinándose para tratar de jalar su barquito, la fatalidad hizo que el peso de su cuerpo lo venciera, y cayó el pobre niño a las aguas, e inmediatamente su cuerpecito fue arrastrado por la corriente.

El otro niño corrió a dar aviso a los vecinos y a la gente que transitaba por la zona, de lo que había acontecido. Los vecinos llamaron a los bomberos, que no tardaron mucho en venir al lugar del accidente, y estos valerosos hombres lucharon por cinco horas para sacar el cuerpo del infortunado Pedrito, que fue encontrado luego a varios kilómetros de distancia. Uno de los bomberos llevaba el cuerpo fláccido e inerte entre sus brazos. Fue conducido al Hospital más cercano, donde sólo constataron su deceso. Nada se pudo hacer por el inocente niño. Su padre, que lo había abandonado desde la muerte de la madre de Pedro, fue avisado por los pobladores, y lleno de remordimiento pidió dinero a las autoridades para darle a su hijo cristiana sepultura.

Y así terminaron los breves días de este infortunado niño de la calle. Huérfano y sin esperanzas, con ropa de andrajos, limosneando siempre un poco de pan, así hay muchos niños que deambulan por mi ciudad. Y pareciera que en aquel poema aprendido en sus días escolares, lo hubiera recitado como un presagio, como una plegaria, que fue oída allá en el cielo, por su madre.



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De mi poemario
"Jardines de antaño"



ERDIDO EN LAS DROGAS
      


Un joven de 16 años solía ir a una iglesia cristiana, y se integró al grupo de los jóvenes que también
asistían allí.

Cada domingo se congregaban para alabar a Dios, y los sábados se reunían para practicar sanos
deportes. Pero el padre de este jovencito no estaba de acuerdo con que su hijo fuera a la iglesia.
Y muy enfurecido hasta llegó a hablar con el pastor, para decirle que a él no le agradaba ver a su
hijo en los caminos del Señor.
Incluso le prohibió al joven toda amistad con los adolescentes de la iglesia.

Craso error fue este, ya que el joven empezó a juntarse con los muchachos del barrio, y en poco
tiempo empezó a hablar palabras soeces. Pasó un año, y de pronto aquel padre empezó a alarmarse
al encontrar a su hijo fumando marihuana, encerrado en su cuarto.

Se asustó, y un buen día acudió este hombre a aquella misma iglesia, y pidió hablar con el pastor,
suplicándole que por favor fuera a su casa a conversar con el joven, pues se hallaba perdido
en el camino de las drogas. El pastor acudió inmediatamente al hogar del muchacho, y le pareció
que aquel no era el mismo joven de hace tiempo; su mirada y su corazón se habían endurecido,
y ninguna de las palabras del pastor alcanzaban su alma. Parecía que tenía una coraza puesta.
El siervo de Dios se afligió, pero de pronto se le ocurrió una última idea y le dijo al adolescente:
-¿Me permites orar contigo?-

Ambos se arrodillaron y empezaron a orar, el chico apenas balbuceaba, y de pronto cuando
finalizó la oración, el pastor pudo ver con regocijo el rostro de aquel jovencito bañado en lágrimas.
El Espíritu Santo había tocado su corazón nuevamente; se había abierto una luz de esperanza;
acababa de reconciliarse con Jesucristo, su Señor.
Al día siguiente que era domingo, se hallaba en la primera banca de la iglesia, aquel joven
acompañado de su padre.


DERECHOS RESERVADOS
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CUENTO



L PAYASO



Había en la plaza del pueblo un pequeño circo de tercera, 
a donde tantos domingos fuimos mi hermana y yo al caer 
la tarde.

Dos monitos que saltaban la cuerda mirando asustados las 
luces y el gentío, nunca sabré porqué me llenaban de tristeza.
Había también actuaciones de magia en un colorido de 
indecibles fantasías que contemplábamos con ojos de
inocente sorpresa.

Luego entre actos aparecía un payaso haciendo mil muecas
y cabriolas; pequeño y enjuto, parecía perderse en su ropaje
multicolor; y a pesar de sus risas sonoras, tras su máscara
pintada se adivinaban secretas lágrimas.

Un día en una voltereta se le cayó en la arena la hirsuta
peluca roja, dejando al descubierto una cabeza calva, surcada
horriblemente de grotescas cicatrices.
El pobre payasito en su afán por disimular se acomodaba 
la peluca con una torpe alegría triste que nunca podré olvidar.

Sólo después pude saber, que antes de hacerse payaso había
perdido a su esposa y a su hijito en un voraz incendio que le 
robó la felicidad.

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L VESTIDO DE NOVIA




El vestido de novia


Cuento
Lima es una ciudad hermosa y colonial; el centro mismo está compuesto por vetustas casonas, que aún conservan su arquitectura del tiempo del virreynato. Los altos balcones de antigua madera adornan las angostas calles, que en las noches son alumbradas por faroles de estilo colonial. La Plaza de Armas con su bella catedral y sus flores fragantes son admiradas por lugareños y turistas.
Un domingo soleado se encontraban algunas personas descansando en las bancas que bordean la plaza. Una joven estaba distraída mirando a las aves que merodean por allí; y el muchacho que estaba sentado a su lado, tenía en sus manos una bolsita de palomitas de maíz, y se entretenía arrojando al suelo algunas de ellas, hacia las cuales corrían las hermosas aves a picotear; y llenándose el buche se paseaban glamorosas, luciendo sus plumas tornasoladas. De pronto el joven reparó en la jovencita que estaba sentada a su costado, y le ofreció su bolsa de palomitas de maíz, a lo cual ella con una sonrisa aceptó y metiendo sus finos dedos, tomó unas cuantas y empezó a saborearlas y comentó: -“Gracias, están saladitas.-“ Y el joven contestó: -“No hay porqué-“ y enseguida le preguntó a la chica por su nombre. Ella respondió: -“Rosalinda-“ a lo cual el muchacho extendiéndole la mano le dijo: -“Mucho gusto-“ (saludo que ella correspondió). Y él agregó: -“Yo me llamo Victor, para servirle-“ y ella con una sonrisa contestó: -“Gracias-“
-1-
Rosalinda tenía los ojos verde uva, que brillaban aún más con la luz del sol, y al sonreir se le formaban unos graciosos hoyuelos en las mejillas. Victor era de contextura delgada y de tez trigueña, y con una mirada muy sugestiva. Ambos empezaron a conversar sobre sus propias vidas, ella le contó que era costurera y que se ganaba la vida cosiendo. Él le dijo que trabajaba en una casa grande, en una hacienda en las afueras de Lima; su empleo era de mayordomo. Pasaron como dos horas y ya empezaba a correr un vientecito que anunciaba el crepúsculo. Entonces Victor y Rosalinda tuvieron que despedirse, no sin antes citarse para el próximo domingo en la misma plaza céntrica, a las dos de la tarde. Se alejaron felices, ambos llevando en el alma una nueva ilusión. Victor trabajaba en las afueras de la ciudad en una casa antigua, en un pueblito bastante solitario. La dueña de la hacienda era una señora viuda, que tenía mucho dinero. Incluso guardaba bellas joyas de oro dentro de un cofre en su dormitorio. La casa era un tanto siniestra por fuera, era de color plomizo, con una ancha puerta de cedro. La mansión por dentro estaba cubierta de alfombras persas, algo gastadas. De los techos colgaban grandes lámparas de cristal. Las ventanas eran más bien pequeñas, lo cual dejaba entrar poca luz al interior. Aparte del dormitorio de la señora, habían dos más en el piso de abajo. Uno era ocupado por Victor, y el otro por una cocinera, que también dormía allí. Ésta era una señora de cierta edad, pálida de rostro, de mirada torva, que ostentaba en sus labios un gesto agrio; era un tanto sigilosa y de pocas palabras.
Pasaron los días, hasta que llegó el ansiado domingo y los jóvenes otra vez se encontraron a la hora que habían acordado.
-2-
Pero esta vez Victor no solamente llevaba sus acostumbradas palomitas de maíz, sino que llevaba un ramo de rosas rosadas para Rosalinda. La joven recibió alborozada las flores, y él tuvo la osadía de darle un beso en la mejilla, con lo cual ella se ruborizó un poco, pero en sus ojos chispeantes se notaba la felicidad. Y así fueron pasando los días y los meses, y poco a poco Rosalinda y Victor se fueron enamorando domingo a domingo. Algunas veces en la Plaza de Armas se distraían observando a los carruajes jalados por corceles blancos, que paseaban a los turistas. ¡Era todo un espectáculo! Otras veces se iban a divertir a los juegos mecánicos que habían en una feria de la avenida Aviación. Emocionados subieron una y otra vez a la montaña rusa. Y comían sabrosas manzanas acarameladas. Lentamente empezaron a darse cuenta que se amaban y que deseaban unir sus vidas en matrimonio. Y así transcurrió un año, y Rosalinda compró con sus ahorros una bella tela de seda y encaje blanco, y empezó a coserse su vestido de novia. Y al cabo de tres meses lo tenía listo y bien acabado. El vestido relucía con perlas blancas incrustadas, que Rosalinda había cosido a la tela prolijamente.
Una noche en la casa donde trabajaba Victor, entraron dos mozuelos delincuentes, en plena madrugada. Entraron por una de las ventanas que estaba semi abierta; y muy sigilosamente se escabulleron hasta el segundo piso, donde dormía la señora viuda. La intención de los malvivientes era el robo. Pues en el pueblo cercano, muchos sabían que aquella señora tenía dinero. Los ladrones tratando de no hacer ruido, empezaron a abrir los cajones de la cómoda; pero uno de ellos reparó en el cofre que estaba encima, y al abrirlo se dieron con la sorpresa de que habían joyas
-3-
de oro de mucho valor. Pero de pronto una de las alhajas cayó al piso, e hizo ruido, por lo que la viuda se despertó sobresaltada, y al ver en la semi penumbra a los extraños en su dormitorio, empezó a dar gritos de auxilio, y en su nerviosismo se avalanzó sobre uno de los malhechores, en su afán de evitar que huyera con el botín; y el delincuente sin ninguna compasión sacó un puñal afilado, que tenía escondido entre sus ropas, y le asestó a la anciana dos puñaladas en el pecho. Ésta cayó agonizante al piso, y el asesino emprendió la huída en el preciso instante en que Victor forcejeaba en la escalera con el otro delincuente, pero en aquella oscuridad todo fue confusión para el joven mayordomo, que había despertado con los gritos de su patrona, y a pesar de que intentó detener a los maleantes, ambos lo empujaron con violencia y no pudo evitar que huyeran.
Entonces Victor fue hacia la señora que se hallaba tendida en un charco de sangre; y el joven al notar que la viuda aún tenía signos de vida, intentó en vano de sacar el cuchillo aún incrustado en su pecho; pues allí al instante la doña expiró. Victor decidió no mover el cadáver, y se apartó horrorizado de lo que veía, pues no podía creer lo que había sucedido. Bajó los peldaños, todavía aturdido, y pensaba en ir a despertar a la cocinera, pero recordó que aquel día martes ella le había pedido permiso a la patrona para ausentarse. Estaba solo en la gran casona con un cadáver; de pronto reparó en que sus manos y sus ropas se habían manchado de sangre en su afán por ayudar a la víctima. Presuroso fue a lavarse en el fregadero de la cocina. Y luego corrió a cambiarse de ropa, pues cayó en la cuenta de que debía ir a dar parte a la policía sobre lo acontecido. Salió a la calle un poco atontado todavía; ya empezaban
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a notarse en el cielo las primeras claridades del alba. Y con pasos vacilantes, Victor se encaminó hacia la comisaría del pueblo. Tardó media hora en llegar, y cuando al fin estuvo allí, el joven se desplomó en una silla, y declaró a los policías sobre el crimen que acababa de presenciar, e hizo la denuncia. Las autoridades escribieron todos los datos que el joven les facilitó, pero dijo claramente que no podría identificar los rostros de los facinerosos, pues en aquel momento había una gran oscuridad en las escaleras que subían al dormitorio. Los policías fueron con Victor hasta la desolada mansión, y acordonaron todas las inmediaciones del lugar. Pasaron varias horas hasta que llegó el juez para ordenar el levantamiento del cadáver. Se hicieron investigaciones todo ese día; inclusive un perito en criminalística se apersonó para tomar huellas digitales, tanto de las ventanas, como del pasamanos de la escalera, del arma homicida, y del dormitorio de la occisa.
Rosalinda se levantó aquella mañana con la misma ilusión de cada día, tenía pensado entregar una falda y una blusa a una clienta, y después de desayunar se dispuso a sacar los hilvanes de hilo azul a las prendas que debía entregar; y encendió el televisor para escuchar el noticiero del mediodía. Y mientras iba dándole a aquella falda los últimos acabados, escuchó una noticia que la dejó petrificada:
“Esta mañana fue hallado el cuerpo sin vida de la hacendada María Eugenia Paulet, en su casa en las afueras de la capital. El cadáver mostraba heridas punzo cortantes a la altura del corazón, lo que habría ocasionado su muerte. Se sabe que la acaudalada dama era dueña de una cuantiosa fortuna, por lo que se presume que el


-5-
móvil del crimen haya sido el robo. Hasta estos instantes se tiene por supuesto culpable al mayordomo de la casa de nombre Victor Lara, ya que se han hallado sus huellas digitales en el arma homicida, como así mismo, ropas del supuesto homicida con rastros de sangre de la fallecida. Más detalles de ésta y otras noticias en el noticiero de las 8:00 p.m.”

Rosalinda dejó caer sus brazos en actitud de abatimiento. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pues no podía creer lo que había escuchado. ¡El nombre de su Victor ligado a un hecho tan espeluznante! Por causa de algunas “pruebas fehacientes”, como el arma homicida con las huellas dactilares del mayordomo de nuestra historia, y aquellas ropas con rastros de sangre que Victor se cambió apresuradamente, el joven novio estaba en graves aprietos. Fue enmarrocado y llevado a la carceleta del Palacio de Justicia. Allí pasó las horas más lóbregas de su vida. Fue torturado y mezclado con delincuentes avezados, todos amontonados en una misma celda. Dos días después con el rostro desencajado y macilento fue conducido a un penal para reos primarios. Victor carecía del suficiente dinero para solicitar la defensa de un buen abogado, así que tuvo que optar por un abogado de oficio, que se ofreció para ayudarlo.
En una lúgubre calle del cono norte de la ciudad, mientras un inocente era injustamente castigado, dos asesinos festejaban su fechoría, riendo y libando licor, -“Ésta si que la hicimos bien-“ decía uno de ellos. Mientras el otro le respondía: -“Gracias a la seño… que nos pasó el dato, pudimos hacer nuestro trabajo.-“


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(La “seño”…a la que se referían, era la cocinera de la fallecida hacendada). Recordemos que sospechosamente esta mujer había pedido permiso aquel fatídico martes, para ausentarse de la casona. La cocinera, agazapada en la sombra de aquel cuarto miserable, observaba, escuchando lo que sus cómplices decían, a lo cual ella agregó: -“No se olviden chicos que después de vender las joyas, tienen que darme mi parte.” A lo que ellos contestaron entre risas: -“Si vieja, no nos vamos a olvidar de ti.-“ Pasaron muchos días, las hojas del almanaque fueron deslizándose una a una, y se las fue llevando el viento. Hasta que pasaron seis meses de aquella aciaga madrugada. Hacía tan sólo un mes que le habían dictado sentencia al joven Victor. Una mañana de invierno en un tribunal atestado de gente, algunos de ellos curiosos, otros eran familiares de Victor, dos jueces y un fiscal, y en medio de todos ellos, una frágil paloma con su blanco luto en el corazón y los ojos arrasados de lágrimas…era Rosalinda, la noviecita afligida, la de las ilusiones truncadas, la del dolor macerado en desvelos…de pie allí, frente a su amado, el cual tenía la barba crecida y las ojeras profundas; más delgado que nunca, se consumía en la angustia de la espera, hasta que después de un breve silencio, se escuchó la voz pausada del fiscal…y una frase que traspasó dos jóvenes almas, que desangró dos humildes corazones que se amaban: -“¡Y se le condena a Victor Lara a 32 años de prisión, por asesinar con premeditación , alevosía y ventaja, a su víctima, la hacendada doña María Eugenia Paulet!-“ Rosalinda se desvaneció en la banca donde estaba sentada. Algunas personas compasivas la levantaron, y le daban aire agitando sus manos sobre su rostro. Luego todo pasó muy rápido. El joven reo fue llevado a su celda. Y los días siguieron uno tras otro.
-7-
Una tarde de agosto, se encontraban los dos novios almorzando juntos en su rinconcito del penal, en una de las visitas femeninas que se hacía semanalmente. Ambos, una semana anterior habían acordado terminar con aquel suplicio, ya que a Victor le habían anunciado que sería trasladado a una prisión de una lejana provincia. Sabían que no podrían soportar una separación definitiva, que no iban a asumir un dolor que iría más allá de sus fuerzas. Rosalinda pudo pasar aquella mañana el control de la policía, sin ningún problema, nadie se percató de lo que ella traía oculto en uno de sus zapatos. Fue a la hora del almuerzo, cuando el pabellón “B” se encontraba atestado de visitas. Habían niños, habían madres y esposas, algunas reían, otras lloraban. Y de pronto Rosalinda sacó un diminuto frasco de su calzado, y vertió el contenido en los vasos de limonada que Victor y ella estaban tomando. Ambos apuraron aquel cáliz de muerte de un solo sorbo. Enseguida se abrazaron llorando. Y aquella pócima en breves instantes empezó a hacer efecto en esos dos cuerpos que se amaron.
Se escucharon luego sus gritos y gemidos de dolor, y los presos que se encontraban en el patio dieron aviso a los gendarmes que custodiaban las celdas. Llegaron dos policías con prontitud; y después de unos minutos de forzar las rejas, éstas cedieron; y vieron un cuadro terrible: Dos jóvenes en agonía, echando espumarajos por sus bocas, así abrazados, se fueron camino de la eternidad; ya nada podría separarlos. Hallaron luego debajo de la almohada de Victor un sobre amarillo, que parecía contener una carta escrita con su puño y letra, iba dirigida al director de la cárcel, y empezaba con las siguientes palabras:
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“Juro por mi propia vida, y por Rosalinda, la mujer que mi corazón ama, que ustedes han cometido conmigo una injusticia muy grave….”
Manuela llevaba días masticando rencores en la nueva casa donde le habían dado trabajo de cocinera. Y es que no se podía sacar de la mente, las falsas promesas que aquellos bravucones le hicieran. Los delincuentes que perpetraron el robo y el crimen en la vetusta casa de la hacendada, no habían cumplido con darle su recompensa a la amargada cocinera. Y ésta lejos de resignarse, decidió vengarse de aquellos burladores; y un fin de semana salió de su empleo resuelta a denunciar aquel crimen ocurrido en la hacienda. Manuela era una mujer del vulgo, totalmente desprovista de algún rastro de inteligencia; era más bien una persona bestializada, con mucha amargura en el alma y una buena dosis de frialdad. Y así en ese estado en que se hallaba, llena de ira y deseos de venganza, se acercó al primer puesto policial que encontró en la ciudad, y relató con lujo de detalles como fue que ella les pasó la voz a esos asesinos, para facilitarles la entrada a la casa de la hacienda; las señales que les dio a los delincuentes, lo de la ventana entreabierta, lo del cofre con las alhajas de su patrona, lo del mayordomo jovencito y muy delgado, que dormía en la planta baja, etc. Y finalmente les dio a las autoridades las señas y domicilios donde podían ser encontrados los peligrosos maleantes. Desde ese día ya han transcurrido tres meses. Y hoy al fin a esos dos mustios novios, se les ha hecho justicia…aunque muy tardíamente.
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Hoy yacen condenados a prisión perpetua los dos criminales que entraron a robar y matar aquella infausta noche. Y a Manuela, la cocinera, le dieron quince años de pena privativa de la libertad por complicidad y encubrimiento.
Ha regresado el otoño a aquel cuarto cerrado de la humilde costurera. En una mesita llena de polvo se encuentra un retrato con la única fotografía de aquellos infortunados novios. Sus rostros unidos y sonrientes; más allá la máquina antigua de coser, que le dejara en herencia a Rosalinda, su abuelita que la crió. En una mesa contigua están el alfiletero, la cinta métrica, y algunos retazos de tela; la ventana está abierta de par en par, y por allí se cuela el frío viento de esta tarde de mayo; se mecen las cortinas y el largo tul del vestido de novia, que pende de un perchero. Todo es silencio en aquel cuartito, al que le va llegando el crepúsculo. La belleza de los bordados del vestido satinado de blanca pureza, resalta en medio de aquel rincón de sueños del ayer. El vestido de novia que nunca pudo ser estrenado. De pronto se posa un ave gris en el alfeizar de la ventana; y emite un trino, un cantar de nostalgia por los novios ausentes. ¡Cuánto silencio después de aquel canto de atardecer! Me asomo a la ventana, y hay soledad en el celaje.
FIN
Autora: Ingrid Zetterberg
Lima – Perú –
EL REGALO QUE LLEGÓ DEL CIELO


Corría el año 1,942, y el fragor de la segunda guerra mundial estaba en todo su apogeo. Benny Milton era un alférez norteamericano que había dejado en casa a su joven esposa y a su pequeña hija de cuatro años de edad, esta última de nombre Mildred. Eran mediados de noviembre, y Benny había cruzado el atlántico en un navío militar junto al resto de la tripulación.


Siendo aliados de Inglaterra, peleaban contra la Alemania nazi. Meses antes de partir a la guerra, Benny le había prometido a su pequeña niña, Mildred, el regalo que más ella ansiaba: Se trataba de un cachorrito el cual su papá le había prometido para esa navidad. Benny Milton se había esperanzado en que quizás le darían permiso para volver a casa en noche buena. Pero recibió de parte del Capitán, la noticia de que no habrían permisos en ese año para ningún oficial de la marina. Mas un presentimiento llenó el corazón de Benny Milton.


Tuvo una noche un sueño en que veía a su joven esposa y a su hijita Mildred, alejarse solitarias por un largo sendero, ambas vestían trajes de luto. Y Benny despertó angustiado. Fue este sueño triste lo que convenció al alférez de nuestra historia, de enviarle a su amada esposa un mensaje por radio, que decía escuetamente: "Amor, si algo me llegara a suceder, cómprale un cachorrito a mi Mildred, pero dile que papá se lo envía desde el cielo."


Se interrumpió la llamada, y la señora Milton se recostó en un sofá con pálido semblante y una angustia que le llenaba el alma. En esa navidad de dolor no habrían villancicos ni el arbolito de pino junto a la chimenea. Todo era soledad. Una madrugada el navío estadounidense fue duramente atacado por una embarcación alemana, y desgraciadamente el alférez de fragata, Benny Milton junto a otros tres compañeros, resultaron muertos. Era el amanecer del 21 de Diciembre de 1,942.
A fines del mes de Enero, una tarde llamaron a la puerta de la familia Milton, en la ciudad de Michigan. Atendió la señora, y vio delante de ella al Capitán de corbeta, de apellido Howard, quien fue el encargado de darle la infausta noticia; a lo cual ella quedó en estado de conmoción.


Dos meses después recordó con dolor el dulce encargo de su esposo para su amada hija. Y sacando fuerzas de donde no las tenía, se apersonó a una tienda de mascotas y escogió un tierno cachorrito de raza Golden retriever, el cual fue enviado al día siguiente a la casa de los Milton. La pobre madre fingió sorpresa al verlo, pues Mildred con toda la inocencia de sus infantiles años, había bajado corriendo las escaleras, y al contemplar al pequeño cachorrito lloró de alegría y emoción, diciendo alborozada: "¡Papá no se olvidó! mami, mami: ¡Papá no se olvidó!".


Fue entonces que la niña se percató de la ausencia de su padre, y preguntó: "¿Y papá no llegó con el perrito?" A lo que su madre respondió: "Papá te lo envió desde el cielo, mi amor."
Y desde entonces, a pesar de aquel adorable cachorro, supieron para siempre, que ya nunca nada sería igual; y que no habrían más navidades como las de antes.


FIN
INGRID ZETTERBERG
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LA CABRITA Y EL CÓNDOR 

(Fábula) 

En los montes y pastizales de Ayacucho va cayendo el crepúsculo. Y entre el 
ganado caprino había gran conmoción. Y es que una cabra había parido una 
cría totalmente de color negro. Y esto era raro ya que sus demás hijos eran 
blancos. Sus hermanos empezaron a rechazarla desde que era pequeñita, y 
le decían: -Tú no vas a comer de nuestros pastos. ¡Fuera! Vete lejos.- 

Y la pobre cabrita se alejaba hacia los secos matorrales y allí llorando comía la 
poca hierba que encontraba. Sus hermanos la hostigaban y la embestían con 
sus cuernos aún desde pequeña. – Naciste negra, y por tanto no eres de la 
familia, - le decían. Y ella con timidez se escondía tras los árboles, pues les 
tenía miedo a sus robustas hermanas. 

Llegó el tiempo en que esta humilde cabrita creció y andaba por los peñascos 
paseando a solas, y se encontró una mañana con el señor cóndor. 
Era la primera vez que ella veía a un ave tan enorme, y le llamó la atención que 
fuera de color negro como ella. Esto le dio confianza para acercarse a él y 
contarle sus penas. – Señor cóndor, estoy muy triste. Mis hermanos no me 
quieren por mi color. Nunca puedo jugar con ellos.- A lo cual el cóndor le 
contestó: - No te aflijas, …Mira mis plumas cuán negras son, y sin embargo soy 
el rey de los Andes. Algún día encontrarás recompensa en la vida, por lo mucho 
que te ofenden. – Gracias señor cóndor, - contestó la cabrita, sintiéndose 
aliviada por tales palabras de consuelo. 

Pasó el tiempo, y ella ya era lo suficientemente grande para dar leche, al igual que 
sus hermanas. 
Venían personas desde los pueblos vecinos a comprar varios litros de leche. 
Habían pastorcitos que ordeñaban a las cabras, y los compradores con el paso de 
los meses pudieron comprobar que la leche de la cabrita negra era más exquisita 
que la leche de las cabras blancas. Y entonces al dueño de aquel ganado caprino 
le ofrecieron mucho dinero para que les vendiera a la cabrita negra. 
Así que él accedió y ella fue vendida a unos bondadosos ganaderos, que finalmente 
se la llevaron a su hacienda a vivir con ellos, pero no para explotarla por su rica 
leche, sino para ordeñarla de vez en cuando y así poder hacer deliciosos quesos 
con la leche de la cabrita, los cuales servirían como alimento para aquel ganadero 
y sus hijos, quienes le tomaron gran cariño al animalito y la alimentaban con buenos 
pastos, y ya con el tiempo la cruzaron con un cabrito de su mismo color y tuvieron 
varios hijitos. El señor cóndor siempre sobrevolaba la zona e incluso un día la 
defendió de cierto puma andino que quiso atacar a la cabrita, quien finalmente se 
quedó a vivir feliz con sus nuevos amos.

Moraleja: Nunca te rindas si por tu color o raza te desprecia hasta tu propia familia. 
Dios cuidará de ti y si te mantienes humilde te recompensará delante de tus 
enemigos.





De mi poemario
"Tu alma y la mía"

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